2029
Hoy no existe papel más ingrato ni más quimérico que el de defender a este gobierno.
Uruguay empezó a palpitar 2029 tres años antes porque el gobierno no está seguro de qué hacer con 2026. Sobran los diagnósticos, circulan recetas tímidas y el rumbo no está claro.
El desconcierto ante la caída libre en las encuestas, sumado a la falta de escuderos, no permite entrever qué motivaría la recuperación de Yamandú Orsi y el Frente Amplio.
Como si fuera poco, en el oficialismo hubo una actitud inusual ante la reaparición de Luis Lacalle Pou. En los días previos, se reclamó su presencia. En los días posteriores, se alabaron sus palabras. Al Frente Amplio le conviene, de cara a la próxima elección, que el expresidente se aleje del centro. No ocurrirá. Le sirve que la Coalición Republicana participe bajo un único lema. No sucederá.
Lo tiene claro quien aspira a convertirse en apenas la tercera persona en llegar dos veces a la Presidencia por elección popular. Lacalle Pou sería el primero en hacerlo por el Partido Nacional, ese bicho curioso de la historia: cumplió 190 años y pasó más de ocho de cada diez fuera del poder. Pese a ello, o acaso por ello, su identidad no se ha diluido. El llano es el lugar natural de los blancos; convivir con la adversidad forma parte del ADN bagual.
Los lacallólogos diseccionaron cada silencio, cada palabra y cada gesto del expresidente. Todos creyeron ver destinatarios ocultos en sus frases. Al no dirigirse a nadie en particular, les habló a todos. Trazó el horizonte, bajó línea sin bajarla y dejó que el contraste con Orsi surgiera solo. Se guardó la voz para cuando haga falta. El griterío tiene un techo, y los votos del que grita también. Evitar el desgaste de la rutina y conservar el aura de la intermitencia podría llevar a más de uno a creer que el camino está allanado.
Su ventaja es personal y, como se ha comprobado, no es necesariamente trasladable a un coalicionismo que enfrenta desafíos. Los socios están debilitados, existen diferencias entre la oposición moderada y los sectores más ásperos, y él no cuenta con un contrapeso interno que distribuya las responsabilidades. Ya se debería estar trabajando con seriedad en el qué, el cómo y con quiénes. Dar por encaminada la victoria no resuelve la pregunta trascendental: ¿para qué sería ese segundo gobierno?
Del otro lado, el desequilibrio se invierte. El Frente Amplio conserva una estructura formidable, décadas de funcionamiento como coalición y una capacidad de movilización envidiable, pero no encuentra líderes naturales ni en construcción. Su maquinaria política, acaso la mejor organizada de América Latina, ha empezado a desgastarse en un contexto que ya no sopla a su favor. El comité de base permite una capilaridad excepcional, pero cuando surgen divergencias entre los de abajo y los de arriba, el aparato empieza a crujir.
Hoy no existe papel más ingrato ni más quimérico que el de defender a este gobierno. Las tormentas incomodan a todos y Fernando Pereira no es la excepción. Si en su momento perdió la paciencia por unos pasacalles que acusaban al gobierno de mentir, ahora lo desbordó el enésimo sondeo que profundiza la desazón oficialista. Decir que una encuesta tiene una falla porque no arroja el resultado anhelado es como culpar al termómetro de la fiebre.
Al gobierno le faltan autoridad, comunicación y símbolos, pero su carencia principal es la gestión. Sería un error creer que alcanzan la épica y los guiños para reconciliarse con el militante, quien no va a dudar qué hacer en 2029. Con gestión, puede haber resultados. Con resultados, puede haber algo que comunicar. Ciertas voces en Torre Ejecutiva hacen hincapié en la necesidad de renovar el elenco e incorporar a tecnócratas que trabajen con eficiencia. ¿Será suficiente? Sería, al menos, probar una receta diferente.
Por lo pronto, el Frente Amplio elaboró una guía para defender al gobierno. El texto resume la desorientación. El oficialismo salió a escuchar con las respuestas ya escritas de antemano. Para explicar el malestar se apela a la herencia recibida, a la oposición y a un "formidable despliegue de recursos económicos y comunicativos". Como salida, propone reforzar las bases y sumar "nuevas generaciones y agendas ambientales, de género y de disidencias". El diagnóstico mira hacia afuera e insiste en clichés marchitos. Parece insuficiente para quitarle el mal sabor de boca al progresismo desilusionado.
El desencanto trasciende al Frente y a Uruguay. Aquí y allá, los decepcionados abundan. El mundo acoge sociedades exasperadas por motivos válidos y otros no tanto. En la época dorada del temor al futuro, a la clase política se la estima cada vez menos, y ese descrédito es caro. Si los políticos demostraran estar más cerca del interés general, tuvieran capacidad para abordar algunos problemas y algo de pericia para solucionarlos, la sensación de hastío mermaría.
El caso uruguayo lo muestra sin anestesia. El Frente Amplio se metió solo en su laberinto. La salida exige menos retórica engolada, menos puñaladas por la espalda y menos dirigentes que calculen qué lugar ocuparán en unos años. Antes de 2029, toca gobernar en 2026 y más allá.