El Comercio, Perú
22 de agosto de 2026
El gobierno dispone de un activo que no vemos hace tiempo: una ciudadanía que le concede, por ahora, el beneficio de la duda y un sector privado que demuestra niveles de optimismo poco habituales. Pero ese capital no es permanente.
Las expectativas son uno de los activos más valiosos para una economía. Cuando familias y empresas creen que el futuro será mejor, adelantan decisiones de consumo e inversión. Ese optimismo termina convirtiéndose en crecimiento. Pero ocurre lo contrario cuando esas expectativas se frustran. La decepción posterga inversiones, enfría el empleo y termina reduciendo el crecimiento potencial. Ese es, precisamente, el principal desafío económico que enfrenta hoy el gobierno hacia adelante: no decepcionar.El Perú atraviesa un momento excepcional. Tras una década de inestabilidad política, las expectativas empresariales alcanzaron sus niveles más altos de los últimos años: 62,3 puntos a tres meses, el mayor registro desde el 2017, y 72,1 puntos a 12 meses. Este renovado optimismo responde a la percepción de que el nuevo gobierno impulsaría una agenda de crecimiento basada en productividad, formalización e inversión privada, precisamente la señal que transmitía el borrador del pedido de facultades legislativas que trascendió a la prensa.Más importante aún, ese borrador desarrollaba una narrativa económica clara: remover los principales cuellos de botella del crecimiento mediante reformas orientadas a la simplificación regulatoria, la modernización del Estado, la formalización laboral, el fortalecimiento de las mypes y la promoción de la inversión privada. Sin embargo, días después, el énfasis comenzó a desplazarse hacia la creación de comisiones presidenciales para las reformas laboral, de inversión pública y tributaria. Aunque estas pueden contribuir a construir consensos, el Perú tiene una larga experiencia de buenos diagnósticos que nunca se tradujeron en decisiones. ¿Serán, entonces, el vehículo para acelerar las reformas o el mecanismo para postergarlas? Las expectativas, como los mercados, no suelen esperar. Mientras discutimos cómo organizar el proceso de reformas, nuestros competidores ya comenzaron a ejecutarlas. Chile acaba de utilizar buena parte de su capital político para aprobar un ambicioso paquete orientado a recuperar competitividad. La reforma contempla una reducción gradual del impuesto corporativo de 27% a 23%, el retorno a un sistema tributario plenamente integrado, mecanismos de estabilidad tributaria de hasta 20 años para grandes inversiones y medidas destinadas a facilitar la llegada de nuevos proyectos. El mensaje a los mercados ha sido contundente: Chile quiere competir agresivamente por el capital privado. Lo anterior, inevitablemente, eleva la vara para el Perú. La competencia por la inversión ya no ocurre solo entre empresas; ocurre entre países. Cada reforma que Chile implementa, mientras nosotros queremos deliberarla en comisiones presidenciales que se tomarán nueve meses en dar un diagnóstico ?que sabe Dios si se implementarán? nos deja muy rezagados en el mapa regional de competitividad.Naturalmente, el gobierno debe actuar con prudencia. Ante una elección estrecha, necesita construir consensos. Pero también dispone de un activo que no se ve desde hace buen tiempo: una ciudadanía que, por ahora, le concede el beneficio de la duda y un sector privado que ha respondido con un optimismo poco habitual. Ese capital de confianza no es permanente.Las expectativas constituyen un activo muy valioso, pero también extraordinariamente frágil. El nuevo gobierno ha logrado algo que parecía difícil hace apenas unos meses: devolver el optimismo a empresarios e inversionistas. Ahora viene la parte realmente difícil: demostrar que está justificado. Porque las expectativas solo impulsan el crecimiento a largo plazo cuando terminan convirtiéndose en reformas. De lo contrario, inevitablemente se transforman en decepción. Ese, probablemente, es el principal reto económico que enfrenta hoy el gobierno.