Sábado, 29 de Agosto de 2026

Emergencia, la nueva normalidad

ChileEl Mercurio, Chile 29 de agosto de 2026

La desocupación llegó a 9,5% en el trimestre mayo-julio, su nivel más alto en cinco años y el cuadragésimo tercer trimestre móvil consecutivo por sobre 8%. Además, en un hecho inédito, el empleo dejó de crecer. El deterioro es amplio y prolongado. Es la nueva normalidad laboral.

Por años, las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) han dado cuenta de que el mercado laboral chileno arrastra una marcada debilidad. Frente a esto, ya no es asumir que estamos frente a complejidades transitorias. Y es que, durante la última década, fueron muchas las alertas del daño que equivocadas políticas públicas estaban causando. La acumulación de cifras no permite dos interpretaciones: la sociedad chilena enfrenta menos oportunidades de empleo y trabajos de mayor precariedad.
El último reporte del INE lo corrobora desde cinco distintos ángulos.
Desde luego, descontada la estacionalidad, la desocupación se ubica en 9,3% -la serie original lo elevó al 9,5%, desde el 9,4% anterior-, y su persistencia inquieta tanto como su nivel. En los últimos doce meses, los desocupados aumentaron 10,4%, con un alza tanto de quienes perdieron su empleo como de quienes buscan trabajo por primera vez. Así, se profundiza uno de los hechos que mejor ilustran la compleja nueva normalidad: 43 cifras mensuales consecutivas (desde nov 2022-ene 2023) con un desempleo de al menos 8%.
Un segundo hecho revelador de la profundidad de la crisis está en el empleo. Y es que mientras la población en edad de trabajar creció 0,9% en doce meses y la fuerza de trabajo 0,7%, el número de ocupados totales no aumentó, e incluso retrocedió 0,2% en este período. Dicho de otro modo, prácticamente todo el aumento de personas que quieren trabajar terminó en desempleo, y no en nuevos puestos. De hecho, la tasa de ocupación, que mide cuántas personas en edad de trabajar tienen empleo, cayó a 55,9%, dos puntos por debajo de su nivel en el mismo período del 2019. Así, aunque hay más personas ocupadas que antes de la pandemia, el empleo no ha seguido el ritmo de una población que sí sigue creciendo. Es el punto final de una desaceleración sostenida, en que el crecimiento del empleo se fue apagando mes a mes durante el último año, hasta cruzar el cero en el último boletín del INE.
Lo inédito de este resultado debe encender las alarmas. En la serie del INE, que comienza en 2010, el empleo solo había caído en términos interanuales durante la pandemia. Fuera de ese episodio, mayo-julio de 2026 es el primer trimestre en que la ocupación se contrae en doce meses.
Por cierto, la magnitud es pequeña, pero lo relevante es el cambio de signo. Por primera vez en quince años, y sin mediar una crisis mayor, la economía chilena dejó de crear empleo (año contra año).
Empleos perdidos, los de mayor calidad y protecciónEl deterioro, además, se ha vuelto transversal. Durante años el desempleo tuvo un sesgo femenino, y esa brecha persiste, con el dato para las mujeres (10,3%) todavía por sobre el de los hombres (8,9%). Pero el retroceso reciente ya no puede ser asociado a un solo género.
Así, la tasa de desempleo masculina trepó a su mayor nivel desde 2021 y la pérdida de empleo del año recayó exclusivamente en los hombres (-1,1%), mientras el empleo femenino incluso creció. Tampoco es un fenómeno de una sola zona geográfica. La desocupación subió en 11 de las 16 regiones.
A un desempleo más alto y amplio se suma otro rasgo. Ahora es de mayor duración. Específicamente, el número de desocupados que llevan doce meses o más buscando trabajo pasó de 166 mil a 184 mil en un año (aumento de 11%), la tasa de desocupación de larga duración subió de 1,62 a 1,79 y el tiempo promedio de búsqueda se alargó. Así, la masa de desempleados se ha ido corriendo desde los tramos de duración corta hacia los medios y largos -con especial fuerza en el de tres a cinco meses- y hoy supera los registros prepandemia. Es un escenario en que cuesta cada vez más volver a emplearse, erosionando ingresos y expectativas de las familias.
El último rasgo es acaso el más revelador sobre la naturaleza y causas del deterioro. La destrucción de empleo se ha concentrado en los sectores más formales, lo que es consistente con la tesis de que el encarecimiento del empleo de calidad es lo que subyace a esta nueva normalidad. En particular, las ramas que más puestos perdieron son, precisamente, las de menor informalidad. Información y comunicaciones encabeza la caída, con un retroceso de 14,6% en el número de empleados en el último año, seguida de minería (-6,6%), administración pública (-3,5%), enseñanza (-3,3%) y manufactura (-2,7%), mientras que las que crearon empleo, como construcción y diversos servicios, tienden a ser más informales. La relación no es mecánica, y hay excepciones, pero el sesgo es nítido. En promedio, las ramas más formales redujeron su empleo en el año, mientras las más informales lo aumentaron. Lo confirma el tipo de vínculo laboral, ya que el empleo asalariado formal cayó 2,4% en el año, en tanto la informalidad subió a 26,5%. En el margen, los empleos que se pierden son de mejor calidad y mayor protección que los que se crean.
Ninguno de estos rasgos, por sí solo, sería concluyente. Juntos, dibujan un cuadro que excede a un mal trimestre. La política pública suele reaccionar a la cifra del titular, cuando el desafío, esta vez, es atender lo que esa cifra esconde. Un mercado laboral que se debilita en tantos frentes a la vez no se corrige con medidas de ocasión, sino reactivando la inversión y el crecimiento. El Congreso, corresponsable de muchas de las malas ideas que han generado este escenario, debe entender que flexibilizar la legislación es algo que ya no puede esperar.
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