¿Batalla cultural o disputa por la hegemonía?
Dentro de muy poco, la idea de batalla cultural se convertirá, en el debate público colombiano, en un comodín como ya lo son los conceptos de "populismo" y "polarización"
Dentro de muy poco, la idea de batalla cultural se convertirá, en el debate público colombiano, en un comodín como ya lo son los conceptos de "populismo" y "polarización". Nada demuestra más la deshonestidad intelectual de algunos analistas que la necesidad de explicar cualquier fenómeno político a través de esos dos conceptos. A esos dos le sumarán el de "batalla cultural" y lo empezarán a usar como si todos supiéramos su significado. Pero si todos los fenómenos políticos se pueden entender a través de esas tres palabras, ¿no será que eso significa que ya no tienen ningún poder explicativo? Y con respecto a la idea de batalla cultural, ¿cuál sería su origen y de qué manera se aplicaría al caso colombiano? En un dosier sobre las disputas políticas en el campo de la cultura, los investigadores brasileños Pablo Ortellado y Diogo de Moraes Silva afirman que las batallas o guerras culturales son "disputas políticas que se procesan en el campo de la cultura y el comportamiento". Hay un cierto consenso en que el término "guerras culturales" fue acuñado por el sociólogo de la religión James Davison Hunter en su libro Guerras culturales: la lucha por definir los Estados Unidos. Escrito en 1991, Hunter sostenía que los "Estados Unidos se encuentran en medio de una guerra cultural que ha tenido y seguirá teniendo repercusiones no solo en las políticas públicas, sino también en las vidas de los estadounidenses comunes y corrientes". Según Hunter, para poder entender el origen de esta guerra había que entender el papel fundamental que desempeñó el anticatolicismo en la configuración del carácter de la política, la educación pública, los medios de comunicación y la reforma social en los Estados Unidos. La raíz de esta guerra se remontaría al conflicto entre católicos y protestantes. Como los Estados Unidos fueron colonizados, principalmente, por protestantes europeos, un sentimiento anticatólico habría permeado a los colonizadores. No obstante la predicción iluminista del fin de la violencia y de la expansión de la tolerancia interreligiosa, Hunter afirmaba que el conflicto cultural —entendido como "la hostilidad política y social enraizada en diferentes sistemas de comprensión moral"— estaría tomando nuevas formas. Las divisiones en el centro de la guerra cultural contemporánea estarían generadas por lo que Hunter llamó el impulso hacia la ortodoxia y el impulso hacia el progresismo. El impulso hacia la ortodoxia se explicaría por un compromiso hacia una autoridad externa y trascendente. En el caso del progresismo cultural, en cambio, la autoridad moral estaría definida por el racionalismo. A partir de esta perspectiva, afirma Hunter, la verdad tiende a considerarse como un proceso, no como algo dado de una vez por todas. Es un conflicto sobre cómo deberíamos organizar nuestra vida en sociedad; sobre lo que caracteriza nuestra identidad nacional. Este conflicto tiene un impacto decisivo en varios campos: en el de la familia y en su definición, en los temas de la reproducción y el aborto, y en el rol público y privado de las mujeres; en el de la educación pública, es decir, sobre lo que niñas y niños deberían aprender en los colegios; en los medios de comunicación; en el derecho, la discusión sobre quién debería tener derechos y quién no, y en la política electoral o la manera como escogemos a nuestros líderes. Esta idea de "guerra cultural" no solo tiene un origen moralizante, sino que asume que podemos separar claramente el aspecto cultural del aspecto material. Nos quieren hacer creer que unas minorías estarían poniendo en riesgo los "valores tradicionales" de las mayorías. Es un miedo infundado y, en últimas, refleja la clásica disputa por la hegemonía.
Un conflicto sobre la identidad
Sara Tufano
Nos quieren hacer creer que unas minorías estarían poniendo en riesgo los ‘valores tradicionales’ de las mayorías.