Equidad en sistema de admisión
La posibilidad de "guardar puntajes" está abriendo espacio a nuevas desigualdades y conductas estratégicas.
Un reportaje recientemente publicado por "El Mercurio" mostró cómo ha emergido una suerte de segmento premium entre preuniversitarios. Se trata de programas que funcionan con grupos de entre 6 y 12 estudiantes, cobran tarifas considerablemente más altas, se instalan en comunas del sector oriente y norte de Santiago, y compiten por la tasa de puntajes máximos, prometiendo una experiencia casi tutorial.
Lo anterior ha sido asociado con la posibilidad de guardar hasta por dos períodos de admisión el puntaje y usar selectivamente el mejor resultado. Así, algunos estudiantes -aprovechando, además, la opción de rendir el examen también a mitad de año- concentran esfuerzos en una prueba cada vez, de modo de maximizar sus posibilidades. La paradoja es que la opción de guardar puntajes se pensó para "emparejar la cancha", apostando a que ayudaría a jóvenes talentosos, pero con una débil preparación escolar, los que dispondrían de más alternativas para mejorar su rendimiento. En la práctica -y como ha ocurrido con muchos cambios en este ámbito-, el resultado ha sido el contrario del buscado.
Y es que guardar el puntaje abre casi inevitablemente espacio a nuevas desigualdades. Desde luego, una persona que rindió la prueba hace dos años puede competir con otra que acaba de rendirla bajo circunstancias distintas. De esta manera, se comparan resultados obtenidos en momentos diferentes, dificultando que el proceso refleje de manera justa las capacidades actuales de cada uno.
Además, las preguntas -y con ello las exigencias- pueden modificarse de una aplicación a otra. Aunque existan mecanismos para hacer comparables los resultados, conservar puntajes antiguos plantea la interrogante de hasta qué medida los puntos obtenidos en dos pruebas rendidas en años distintos representan exactamente el mismo nivel de desempeño.
Muestra de cómo todo esto está incidiendo en el comportamiento de los postulantes, en carreras como Medicina se ha detectado que hoy el 50% o más de los que ingresan provienen de una cohorte anterior a la del respectivo año, pues los estudiantes se toman un período adicional para ir preparando las pruebas. Ello introduce un fuerte componente segregador, pues solo tienen esa posibilidad quienes disponen de los recursos para solventarla.
Un sistema de admisión equitativo debería procurar que quienes compiten por un cupo universitario sean evaluados bajo condiciones lo más similares posibles. Por ello, sería conveniente reconsiderar la vigencia prolongada de los puntajes y buscar un equilibrio entre reducir la presión sobre los estudiantes y garantizar una competencia justa.
En este contexto, también debieran revisarse los espacios para abuso que hoy existen en el caso de las personas con necesidades especiales, a quienes se entrega la posibilidad de contar con más tiempo para rendir cada prueba. Ello, pues empieza a advertirse un creciente uso de este mecanismo y existen razones para dudar de que en todos los casos ello corresponda a una necesidad real. Detectar y sancionar eventuales fraudes es sin duda necesario para resguardar la equidad del sistema de admisión.