El valor de un nuevo comienzo
Padre Diego Marulanda Díaz
Los acontecimientos ocurridos durante este 2026 en diversas zonas del planeta como los terremotos registrados en Venezuela (24 de junio), Colombia (10 de agosto) y Perú (20 de agosto), así como la avalancha en Nepal (26 de agosto), además de dejar miles de muertos, huérfanos, heridos, damnificados, pérdidas materiales, dolor, tristeza, hambre, miedo, incertidumbre, entre otros, vuelven a poner sobre la mesa preguntas acerca de la fragilidad humana y qué tanto estamos preparados para enfrentarnos ante estas situaciones adversas
Padre Diego Marulanda Díaz
Los acontecimientos ocurridos durante este 2026 en diversas zonas del planeta como los terremotos registrados en Venezuela (24 de junio), Colombia (10 de agosto) y Perú (20 de agosto), así como la avalancha en Nepal (26 de agosto), además de dejar miles de muertos, huérfanos, heridos, damnificados, pérdidas materiales, dolor, tristeza, hambre, miedo, incertidumbre, entre otros, vuelven a poner sobre la mesa preguntas acerca de la fragilidad humana y qué tanto estamos preparados para enfrentarnos ante estas situaciones adversas. Las respuestas a la magnitud de los desastres naturales hay que hallarlas en la capacidad preventiva de los hechos, en las acciones eficaces para reconstruir interiormente la personas, articular a las comunidades sobre la base de la esperanza y en la recuperación de las infraestructuras con mayor nivel de seguridad futura antisísmica. Las respuestas dependen de nuestra capacidad resiliente. No consiste solo en soportar una desgracia y volver al punto de inicio. Es necesario aprender desde la vulnerabilidad social a construir mejores respuestas institucionales, a consolidar redes internacionales, motivar una solidaridad sostenida en el tiempo y una misericordia capaz de tocar la carne. No podemos evitar los fenómenos naturales, pero sí reducir ostensiblemente sus efectos con sistemas de alerta temprana, infraestructura segura, cumplir con las normas de sismo-resistencia, planificación urbana, instituciones sólidas y ciudadanos educados a lo largo de toda la vida. Lo anterior nos hace responsables del cuidado integral de la vida en todas sus formas de expresión. La resiliencia implica una tarea de todos. No se puede dejar la responsabilidad a los servicios de emergencia. Los gobiernos tienen el compromiso de prevenir y reducir los riesgos; las universidades, institutos y centros de investigación el producir conocimiento y apropiarlo socialmente; los medios de comunicación el informar adecuadamente al público; el sector productivo de incorporar la gestión del riesgo en sus decisiones, y los ciudadanos olvidar la costumbre de esperar la tragedia para reaccionar. Las cifras de una tragedia se actualizan cada día. Pero, detrás de cada dato estadístico, hay una persona, una familia y una comunidad. Reconstruir no puede limitarse a recuperar lo destruido, es la oportunidad para un nuevo comienzo. Después de un acontecimiento trágico aparecen los gestos que muestran lo mejor de una sociedad, la solidaridad como virtud pública y la experiencia de sentirnos una sola nación a partir de los vínculos de una misma dignidad humana. Finalmente, una sociedad resiliente no olvida a sus víctimas; transforma su vulnerabilidad en responsabilidad. La Magnifica Humanitas nos propone que: "La grandeza de nuestra humanidad no se sostiene a espaldas de nuestra fragilidad, sino precisamente en el abrazo de esa vulnerabilidad que nos hace hermanos y capaces de acoger al otro" (n. 45).
Rector Universidad Pontificia Bolivariana.