La Nación, Costa Rica
13 de septiembre de 2026
Las decisiones que se toman sobre las personas han entrado en una etapa distinta.
Las decisiones que se toman sobre las personas han entrado en una etapa distinta. En mercados que están sujetos a cambios tecnológicos continuos, presión sobre los márgenes de ganancia y nuevas expectativas de los clientes, ya no basta con proyectar plazas o ajustar la planilla.
La pregunta relevante es qué combinación de conocimientos, formas de trabajo, automatización y recursos financieros permitirá la ejecución de la estrategia con velocidad, pero también con consistencia. Desde esta perspectiva, la gestión del talento deja de ser una actividad auxiliar y pasa a formar parte del sistema en el que la empresa protege su competitividad para construir valor a largo plazo.
A continuación, cinco consideraciones para lograrlo.
1. Del inventario de puestos a capacidades clave
Los presupuestos tradicionales suelen comenzar con posiciones, salarios y vacantes. Ese punto de partida ofrece control administrativo, pero dice poco sobre la habilidad real de la organización para entregar resultados.
Así como una plaza ocupada no garantiza la competencia requerida, incorporar una herramienta digital no asegura que el trabajo se vuelva más productivo. Lo que realmente importa es la capacidad disponible para resolver una necesidad concreta y la forma en que esa capacidad se articula de manera holística con procesos, información, liderazgo y tecnología.
Por lo tanto, adoptar un enfoque basado en capacidades obliga a precisar qué objetivos estratégicos se quieren alcanzar, qué trabajo debe realizarse, así como cuáles medios son más convenientes. En algunos casos será necesario atraer experiencia externa; en otros, concentrar los esfuerzos para desarrollar al personal actual, simplificar tareas, automatizar actividades repetitivas, recurrir a la tercerización y alianzas con proveedores o reorganizar responsabilidades.
Ninguna alternativa debería elegirse por costumbre ni moda. Todas requieren una comparación explícita de inversión, velocidad de implementación, sinergias operativas, adaptabilidad y beneficio esperado.
2. Una conversación común para 3 áreas
En muchas compañías la unidad de operaciones se encarga de formular los procesos prioritarios, finanzas administra las restricciones y recursos humanos plantea las iniciativas sobre el personal. Cada área puede producir análisis técnicamente correctos, pero, aun así, conducir a una decisión fragmentada.
El problema aparece cuando los equipos utilizan horizontes, supuestos e indicadores distintos e incluso incompatibles. Entonces, el presupuesto muestra en qué se gastará el dinero, pero no evidencia qué capacidades financiará ni cómo ese esfuerzo se traducirá en resultados medibles.
¿Qué se debe hacer? La respuesta es establecer un ciclo coordinado de planeación para que las unidades de negocio identifiquen los resultados que buscan y las actividades que los impulsan.
Finanzas debe valorar escenarios, límites de liquidez, impacto en margen y uso del capital, mientras que recursos humanos debe traducir esa demanda en disponibilidad de competencias, movilidad, aprendizaje, contratación, sucesión y cambios razonables. Por su parte, la tecnología de planeación puede conectar la información, aunque la integración dependa de acuerdos de gobierno, responsables claros y definiciones compartidas.
Con este enfoque, las propuestas dejan de competir entre ellas. Así, un programa de formación, una contratación especializada, la automatización de un proceso o la contratación de un tercero pueden analizarse dentro de un mismo marco de entendimiento. Aunado al desembolso inicial, la evaluación debe considerar el tiempo para producir resultados, los costos de transición, la exposición a fallas, la reversibilidad y la permanencia del beneficio.
3. Prevención y planeación de escenarios
La integración entre talento y capital no elimina la necesidad de controlar costos; más bien mejora la calidad de ese control. Sin embargo, ante la presión financiera considerar una reducción uniforme puede aliviar el gasto inmediato, pero puede debilitar capacidades esenciales.
En este punto es importante mencionar que un enfoque preventivo distingue el trabajo que debe protegerse, las actividades que pueden rediseñarse y los recursos que conviene reasignar; ya que la conversación pasa de cuánto reducir a dónde colocar recursos para sostener la productividad, el servicio, la innovación y la gestión de riesgos.
En el caso de la planeación por escenarios, las organizaciones pueden explorar qué ocurriría si hay ajustes en la demanda, si una competencia escasea, si la implementación tecnológica avanza más despacio o si un nuevo modelo operativo exige perfiles diferentes de los profesionales. Cada escenario permite anticipar brechas antes de que se conviertan en retrasos, sobrecostos o pérdida de oportunidades comerciales; ahora bien, esto no significa predecir el futuro con exactitud, sino ampliar la capacidad de decidir bajo incertidumbre.
4. Rediseño del trabajo
La incorporación de inteligencia artificial (IA) y automatización pueden ampliar el alcance de los equipos, pero el valor no surge solamente por instalar una solución. Es necesario revisar tareas, controles, flujos de información y experiencias de los usuarios, ya que, si la tecnología se coloca sobre un proceso ineficiente, la organización va a digitalizar el problema. No obstante, si la IA se acompaña de un rediseño deliberado, puede reducir tiempo, elevar consistencia y permitir que las personas se concentren en actividades de mayor aporte.
Ese rediseño requiere gestión del cambio desde el inicio. Los equipos necesitan comprender qué problema se resuelve, cómo se modificará su trabajo, qué habilidades deberán desarrollar y qué mecanismos existirán para ajustar el modelo. En este caso, se deben reforzar nuevas conductas y atender barreras de adopción para que el componente humano no se trate como una etapa posterior del proyecto, sino como parte de la inversión y de su posibilidad de generar retorno.
5. Capacidades: motor dinámico para decidir mejor
Tratar las capacidades como una cartera permite revisar las prioridades de forma periódica. Algunas inversiones responderán a necesidades inmediatas y otras prepararán opciones para el crecimiento futuro; la cartera debe equilibrar ambas dimensiones, evitando tanto la reacción permanente como la acumulación de programas que estén divorciados de la estrategia. También debe permitir detener, reformular o acelerar las iniciativas de acuerdo con la evidencia obtenida durante su ejecución.
La oportunidad para las organizaciones no consiste en digitalizar el presupuesto del personal ni en crear un modelo más complejo; sino más bien en involucrar el desarrollo de una práctica replicable para decidir qué capacidades necesita la estrategia, cómo construirlas y qué resultados deben demostrar. Esa práctica combina componentes como información confiable, análisis de escenarios, gobierno transversal, pero también el seguimiento continuo para asegurar una evolución incremental de los niveles de madurez empresarial.
Cuando talento, tecnología y capital se administran como partes de una misma arquitectura de decisión, las empresas ganan visibilidad sobre sus opciones y pueden actuar antes de que las brechas limiten el desempeño. La ventaja no proviene de gastar más ni de reducir más, sino de invertir con criterio en las capacidades que permiten ejecutar, adaptarse y crecer. Esa es la base de una rentabilidad que protege futuro sin ignorar el presente.
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El autor es asociado sénior de PwC Interaméricas.