El planeta ya pasó la cuenta
El planeta ya pasó la cuenta
Durante este último mes me he cuestionando la gran capacidad que tenemos los colombianos de llevar todo al límite y esperar a que el agua nos llegue al cuello antes de preguntarnos por qué no hicimos algo antes
El planeta ya pasó la cuenta
Durante este último mes me he cuestionando la gran capacidad que tenemos los colombianos de llevar todo al límite y esperar a que el agua nos llegue al cuello antes de preguntarnos por qué no hicimos algo antes. Nos pasa con todo: con las carreteras, los ríos, la energía, la basura, los incendios y con el agua. Primero dejamos que el problema crezca. Que el monte se seque, el embalse baje, la factura suba, los residuos se acumulen, que los procesos se vuelvan ineficientes. Y después sí: "Ave María… ¿y ahora qué hacemos?". Pues pagar. Porque creo que durante años entendimos mal la sostenibilidad. Nos dijeron que era un costo: que los paneles solares eran caros, medir emisiones era caro, cambiar procesos era caro y que reciclar era caro. Y mientras discutíamos cuánto costaba ser sostenibles, casi nadie preguntaba: ¿Cuánto nos está costando no serlo? Ahí está el verdadero cambio de conversación. La sostenibilidad también habla de plata. El cambio climático no es solamente un problema ambiental. Es un problema de infraestructura, productividad, energía, alimentos, empleo y competitividad. Y sí: de plata. Colombia lo sabe bien. Vivimos en un país donde una parte importante de nuestra generación eléctrica depende del agua. Entonces llega El Niño y empezamos a mirar los embalses como quien mira la cuenta del banco el 25 de diciembre: "¿Cuánto queda?", "¿Nos alcanza?", "¿Y si no llueve?". Y ahí entendemos que hablar de sostenibilidad no es hablar de hippies abrazando árboles. Es hablar de cómo funciona nuestra economía. Cuando la sostenibilidad se queda en un discurso, puede convertirse fácilmente en marketing. Pero cuando entra a los números, cambia la conversación. Ecopetrol, por ejemplo, informó la incorporación de 951 MW de capacidad de generación renovable y reportó ahorros asociados de alrededor de $288 mil millones. Ahí la conversación cambia. Porque una cosa es decir: "Tenemos que salvar el planeta". Y otra: "tenemos una oportunidad de reducir costos y hacer nuestro negocio más eficiente y resiliente". Ahí aparece el CFO, el CEO, la junta. Y hasta el que estaba mirando el celular levanta la cabeza. Porque una cosa es la ideología y otra cosa es la caja. El planeta no necesita empresas perfectas Colombina ha avanzado en el uso de energía renovable y Holcim ha incorporado electricidad de origen renovable en varias de sus operaciones. ¿Son empresas perfectas? No. Pero justamente de eso se trata. La sostenibilidad no debería ser una competencia por ver quién tiene la foto más verde. No consiste en poner una planta en la recepción, cambiar el logo y publicar: #SustainableFuture. Consiste en mirar el negocio completo y preguntar: ¿dónde estamos perdiendo agua?, ¿dónde desperdiciamos energía?, ¿cuánto material estamos botando?, ¿cuánto nos cuesta mover residuos?, ¿cuánto tiempo perdemos por procesos ineficientes? Porque muchas veces el primer paso hacia la sostenibilidad no es comprar tecnología nueva. Es dejar de desperdiciar. Mi abuela tenía razón: lo barato sale caro. Mi abuela decía: "Lo barato sale caro", y creo que nunca imaginó que esa frase podía resumir buena parte de la economía ambiental del planeta. Durante décadas escogimos lo barato hoy, aunque fuera carísimo mañana: extraer, usar, botar, reemplazar, repetir. Y cuando llegó la factura nos sorprendimos. Es como ese vecino que nunca le hace mantenimiento al carro: no cambia el aceite, no revisa los frenos, no cambia las llantas, y un día el motor se funde en plena autopista. Entonces pregunta: "¿Pero cómo así?", pues así. La sostenibilidad es, en muchos sentidos, mantenimiento preventivo: del planeta, de las ciudades y también de las empresas. Hay otro cambio que me parece fundamental. El mundo está empezando a exigir que las afirmaciones ambientales puedan demostrarse. Ya no debería bastar con decir: "natural", "verde", "eco". Y ponerle una hojita al empaque. Si una empresa dice que redujo agua: muestre cuánto. Si redujo carbono, muestre cuánto. Si recicla: muestre cuánto. Si dice que es sostenible: saque las cuentas. Porque lo que no medimos difícilmente lo podemos gestionar. Y lo que no podemos demostrar termina siendo simplemente una historia bonita. Aquí es donde entra la tecnología. Esta es una de las razones por las que este tema me apasiona. La tecnología puede convertir la sostenibilidad en información para tomar mejores decisiones: medir, comparar, detectar pérdidas, encontrar oportunidades, automatizar, predecir, optimizar. No se trata solamente de saber cuánto carbono emitimos. Se trata de entender qué significa ese número para nuestro negocio: qué costo representa, qué riesgo, qué oportunidad. La sostenibilidad necesita menos discursos y más datos. ¿Y si cambiamos la pregunta? Durante años preguntamos: ¿cuánto cuesta ser sostenible? Yo creo que deberíamos empezar a preguntar: ¿cuánto nos está costando no serlo?, ¿cuánto cuesta desperdiciar energía?, ¿cuánto cuesta perder agua?, ¿cuánto cuesta una cosecha perdida?, ¿cuánto cuesta parar una planta?, ¿cuánto cuesta reconstruir después de un incendio?, ¿cuánto cuesta no anticiparnos? Ahí es donde la sostenibilidad deja de ser una conversación ambiental y se convierte en una conversación empresarial. Y Colombia tiene una oportunidad enorme: sol, agua, viento, biomasa, biodiversidad, talento, creatividad. Pero también necesitamos cambiar algo cultural: "Aquí siempre lo hemos hecho así." Porque esa frase, aplicada a los negocios, a las ciudades y al planeta, puede salir carísima. La sostenibilidad no debería hacernos vivir peor. Se trata de ser menos brutos con los recursos que tenemos: consumir menos para producir mejor, desperdiciar menos, reutilizar más, medir mejor, diseñar mejor e innovar. Y encontrar modelos de negocio donde hacer las cosas bien también tenga sentido económico. Para mí, esa es una de las grandes oportunidades de esta transición: dejar de ver la sostenibilidad como un costo y empezar a verla como una estrategia de supervivencia, eficiencia e innovación. Porque la naturaleza ya nos está mandando la factura. Y la pregunta ya no es si queremos pagarla. Es: ¿cuánto más vamos a esperar para empezar a hacer las cuentas? Porque el planeta lleva años aconsejándonos. El problema es que seguimos haciéndonos los locos. Hasta que llega la factura. Y ahí sí: "Ave María… ¿y quién va a pagar esta vaina?".
Durante este último mes me he cuestionando la gran capacidad que tenemos los colombianos de llevar todo al límite y esperar a que el agua nos llegue al cuello antes de preguntarnos por qué no hicimos algo antes. Nos pasa con todo: con las carreteras, los ríos, la energía, la basura, los incendios y con el agua. Primero dejamos que el problema crezca. Que el monte se seque, el embalse baje, la factura suba, los residuos se acumulen, que los procesos se vuelvan ineficientes. Y después sí: "Ave María… ¿y ahora qué hacemos?". Pues pagar. Porque creo que durante años entendimos mal la sostenibilidad. Nos dijeron que era un costo: que los paneles solares eran caros, medir emisiones era caro, cambiar procesos era caro y que reciclar era caro. Y mientras discutíamos cuánto costaba ser sostenibles, casi nadie preguntaba: ¿Cuánto nos está costando no serlo? Ahí está el verdadero cambio de conversación. La sostenibilidad también habla de plata. El cambio climático no es solamente un problema ambiental. Es un problema de infraestructura, productividad, energía, alimentos, empleo y competitividad. Y sí: de plata. Colombia lo sabe bien. Vivimos en un país donde una parte importante de nuestra generación eléctrica depende del agua. Entonces llega El Niño y empezamos a mirar los embalses como quien mira la cuenta del banco el 25 de diciembre: "¿Cuánto queda?", "¿Nos alcanza?", "¿Y si no llueve?". Y ahí entendemos que hablar de sostenibilidad no es hablar de hippies abrazando árboles. Es hablar de cómo funciona nuestra economía. Cuando la sostenibilidad se queda en un discurso, puede convertirse fácilmente en marketing. Pero cuando entra a los números, cambia la conversación. Ecopetrol, por ejemplo, informó la incorporación de 951 MW de capacidad de generación renovable y reportó ahorros asociados de alrededor de $288 mil millones. Ahí la conversación cambia. Porque una cosa es decir: "Tenemos que salvar el planeta". Y otra: "tenemos una oportunidad de reducir costos y hacer nuestro negocio más eficiente y resiliente". Ahí aparece el CFO, el CEO, la junta. Y hasta el que estaba mirando el celular levanta la cabeza. Porque una cosa es la ideología y otra cosa es la caja. El planeta no necesita empresas perfectas Colombina ha avanzado en el uso de energía renovable y Holcim ha incorporado electricidad de origen renovable en varias de sus operaciones. ¿Son empresas perfectas? No. Pero justamente de eso se trata. La sostenibilidad no debería ser una competencia por ver quién tiene la foto más verde. No consiste en poner una planta en la recepción, cambiar el logo y publicar: #SustainableFuture. Consiste en mirar el negocio completo y preguntar: ¿dónde estamos perdiendo agua?, ¿dónde desperdiciamos energía?, ¿cuánto material estamos botando?, ¿cuánto nos cuesta mover residuos?, ¿cuánto tiempo perdemos por procesos ineficientes? Porque muchas veces el primer paso hacia la sostenibilidad no es comprar tecnología nueva. Es dejar de desperdiciar. Mi abuela tenía razón: lo barato sale caro. Mi abuela decía: "Lo barato sale caro", y creo que nunca imaginó que esa frase podía resumir buena parte de la economía ambiental del planeta. Durante décadas escogimos lo barato hoy, aunque fuera carísimo mañana: extraer, usar, botar, reemplazar, repetir. Y cuando llegó la factura nos sorprendimos. Es como ese vecino que nunca le hace mantenimiento al carro: no cambia el aceite, no revisa los frenos, no cambia las llantas, y un día el motor se funde en plena autopista. Entonces pregunta: "¿Pero cómo así?", pues así. La sostenibilidad es, en muchos sentidos, mantenimiento preventivo: del planeta, de las ciudades y también de las empresas. Hay otro cambio que me parece fundamental. El mundo está empezando a exigir que las afirmaciones ambientales puedan demostrarse. Ya no debería bastar con decir: "natural", "verde", "eco". Y ponerle una hojita al empaque. Si una empresa dice que redujo agua: muestre cuánto. Si redujo carbono, muestre cuánto. Si recicla: muestre cuánto. Si dice que es sostenible: saque las cuentas. Porque lo que no medimos difícilmente lo podemos gestionar. Y lo que no podemos demostrar termina siendo simplemente una historia bonita. Aquí es donde entra la tecnología. Esta es una de las razones por las que este tema me apasiona. La tecnología puede convertir la sostenibilidad en información para tomar mejores decisiones: medir, comparar, detectar pérdidas, encontrar oportunidades, automatizar, predecir, optimizar. No se trata solamente de saber cuánto carbono emitimos. Se trata de entender qué significa ese número para nuestro negocio: qué costo representa, qué riesgo, qué oportunidad. La sostenibilidad necesita menos discursos y más datos. ¿Y si cambiamos la pregunta? Durante años preguntamos: ¿cuánto cuesta ser sostenible? Yo creo que deberíamos empezar a preguntar: ¿cuánto nos está costando no serlo?, ¿cuánto cuesta desperdiciar energía?, ¿cuánto cuesta perder agua?, ¿cuánto cuesta una cosecha perdida?, ¿cuánto cuesta parar una planta?, ¿cuánto cuesta reconstruir después de un incendio?, ¿cuánto cuesta no anticiparnos? Ahí es donde la sostenibilidad deja de ser una conversación ambiental y se convierte en una conversación empresarial. Y Colombia tiene una oportunidad enorme: sol, agua, viento, biomasa, biodiversidad, talento, creatividad. Pero también necesitamos cambiar algo cultural: "Aquí siempre lo hemos hecho así." Porque esa frase, aplicada a los negocios, a las ciudades y al planeta, puede salir carísima. La sostenibilidad no debería hacernos vivir peor. Se trata de ser menos brutos con los recursos que tenemos: consumir menos para producir mejor, desperdiciar menos, reutilizar más, medir mejor, diseñar mejor e innovar. Y encontrar modelos de negocio donde hacer las cosas bien también tenga sentido económico. Para mí, esa es una de las grandes oportunidades de esta transición: dejar de ver la sostenibilidad como un costo y empezar a verla como una estrategia de supervivencia, eficiencia e innovación. Porque la naturaleza ya nos está mandando la factura. Y la pregunta ya no es si queremos pagarla. Es: ¿cuánto más vamos a esperar para empezar a hacer las cuentas? Porque el planeta lleva años aconsejándonos. El problema es que seguimos haciéndonos los locos. Hasta que llega la factura. Y ahí sí: "Ave María… ¿y quién va a pagar esta vaina?".
Laura Zuluaga Arango
Laura Zuluaga Arango
La naturaleza ya nos está mandando la factura. Y la pregunta ya no es si queremos pagarla. Es: ¿cuánto más vamos a esperar para empezar a hacer las cuentas?
Experta en tecnología.
Experta en tecnología.