¡Vivan los inmigrantes!
Nunca volvieron a sus terruños, que llevaron siempre en sus recuerdos.
Lo primero: disculparme por la desvergonzada autorreferencia de esta columna, que se refiere a un libro escrito por mí y recientemente publicado por Fundación Futuro. Pero, dado que el fruto de este texto convoca a una reflexión que creo justa y necesaria, espero ser perdonada. En "100 inmigrantes que dejaron huella en Chile" se presentan las vidas de un centenar de hombres y mujeres nacidos en otras latitudes que arribaron a nuestro país en calidad de inmigrantes.
Repasar las condiciones en las cuales hicieron la travesía y las circunstancias en que tomaron la decisión de migrar es, de verdad, emocionante. Muchos ¿deciden? abandonar sus lugares de origen porque no se les dio otra opción. La guerra, el hambre, la persecución política los arrojaron a partir. Fue así como llegaron figuras tan relevantes como Roser Bru, Juan Cueto, Andrés Zauschkevich, Grete Mostny, José Balmes o Milán Platovsky.
Establecida ya la república, el Estado mandó llamar a personas tan disímiles como el italiano Alejandro Cicarelli, primer director de la Academia de Bellas Artes; el ingeniero polaco Ignacio Domeyko, que impulsó la industria minera, y los hermanos Philippi, que aportaron desde la botánica y la zoología uno, y el otro, desde la gobernación de Magallanes, donde murió asesinado a manos de los tehuelches. Luego desembarcaron el alemán Emilio Körner, que "prusianizó" nuestro ejército, y la profesora austriaca Guillermina von Kalchberg, que fortaleció la educación pública femenina.
El siglo XX continuó recibiendo a inmigrantes que ampliaron nuestros horizontes culturales. Como botón de muestra, el turco Víctor Tevah y el alemán Federico Heinlein, ambos Premio Nacional de Música; el cubano Mario Carreño, Premio Nacional de Artes Visuales, y el trío de bailarines conformado por Malucha Solari, Peter Uthoff y Joan Turner, todos Premio Nacional de Artes de la Representación.
Sería injusto dejar fuera a religiosos como Gustavo Le Paige, Bernarda Morin, Baldo Santi, Sebastián Englert, Ana de Roussier y Roberto Polain. !Con qué persistencia y coraje evangelizaron a sus nuevos compatriotas¡ Tampoco sería correcto no nombrar a quienes desde tierras lejanas nos dieron luces tan certeras sobre el cuidado y la conservación de la naturaleza como lo hicieron Federico Albert y Douglas Tompkins. Asimismo, ¿podemos ignorar que fue gracias a inmigrantes que todavía hoy saboreamos las pastas Carozzi, las marraquetas de la panadería San Camilo y los chocolates Bozzo?
En síntesis, pura gratitud ante estos audaces seres que -en su inmensa mayoría- nunca volvieron a sus terruños, los mismos que llevaron siempre en sus recuerdos. Quiera Dios que este libro (descargable en www.fundacionfuturo.cl ) sea una pequeña ventana para ensanchar la mirada y el corazón ante el fenómeno de la inmigración contemporánea. ¿Perdonada?