Sábanas de Casavalle
En Uruguay tenemos un Estado de bienestar que cubre la educación, la salud. Pero eso nos obliga a preguntarnos: ¿estamos todos realmente bien?
Entré con una cámara a la casa de las Misioneras de la Caridad en Casavalle. Terminé apagándola.
Cuando el Papa León XIV venga a Uruguay, el único lugar donde va a encontrarse con los más pobres es Casavalle. En mi último artículo conté por qué, según el padre Pablo Coimbra, párroco del barrio: porque para conocer Casavalle hay que entrar. Acepté la invitación y entré. Caminé con él unas horas por calles que sola no me hubiese animado a recorrer con una cámara en la mano. Vi cómo la gente cuelga la ropa con lo que tiene y como puede: en alambres torcidos, en el portón mismo de la casa. Unas horas después me iba a acordar de esos tendederos, frente a otro muy distinto.
Esa misma mañana entré en otra casa: el hogar de las Misioneras de la Caridad, las monjitas de la Madre Teresa de Calcuta. Me habían advertido que era imposible filmarlas. No les gusta aparecer: parte de su ofrenda a Dios y al prójimo es no ser vistas. Es lo contrario de la cultura del influencer de hoy. Gente que no tiene tiempo para mostrar: solo para sobrevivir el día.
La Madre Superiora, Tessi, es de la India. Llevaba el hábito y, encima, un delantal de trabajo hasta los pies. Primero el trabajo; después el símbolo. Chespi, un voluntario que desde hace diez años acompaña a las hermanas los lunes a bañar, vestir y dar de comer a gente de la calle, me lo resumió así: "Ellas predican con hechos lo que pide Jesús. Cuidan al prójimo todos los días de su vida, desde las 4:40 que se despiertan. Visitan a su familia una vez cada diez años, veinte días". Y su tarea más grande son los niños que van a buscar por las sendas del barrio para la catequesis, niños que, en sus palabras, "están totalmente heridos".
Las abuelitas, les llaman. Son las abuelitas de Casavalle: las que no tienen a nadie. "Son unas cuarenta a veces, porque viste que muchas se mueren", me contó. Las cuidan 15 hermanas repartidas en tres hogares en Uruguay; este, el del Borro, existe desde 1989. Viven totalmente de la caridad. En un cuarto las camas son altas, de madera gruesa. En otro tienen barandas a los costados. No me hicieron acordar a las de un hospital, sino a las de la cuna de mi hija. Llega un punto en que nos volvemos tan viejitos, tan delicados, que necesitamos barandas otra vez. El mismo cuidado que un recién nacido: manos, amor, y alguien que nos acompañe.
Entré a otro cuarto. Una monja estaba sentada junto a una abuelita, con la cara bien iluminada. Era el plano perfecto. Reaccioné apagando la cámara. Eso no se filma, porque es lo que hacen todos los días: acompañar a alguien que ya no puede moverse, ni comer sola, ni higienizarse sola. Y me acordé de mamá. Yo tenía 23 años y me pasaba horas al lado de su cama, agarrándole la mano, mirando cada uno de sus dedos. ¿Cómo iba a vivir yo sin esas manos, que me acariciaron, que me levantaron dormida, que manejaron el auto para llevarme de acá para allá? Estar ahí era algo que necesitaba yo, más que ella. Vi a esa monjita agarrándole la mano a esa viejita y dije: es eso.
Pensé también en el Hospice San José, en Montevideo, donde se acompaña sin costo a personas que mueren pobres y solas. Esta semana escuché a monseñor Daniel Sturla en VTV, y lo entendí así: la Iglesia no se define por estar en contra de leyes como la eutanasia o el aborto. Se define por defender cada vida, en el estado en que esté y en el momento en que esté. Tiene una opción mejor: un hospice, este cuarto con barandas. Una opción que ilumina al ayudado y también al que ayuda.
La chica que me abrió el portón, seria y firme, parecía la encargada. Después la madre me contó: se llama Vanessa. Durante años, ella y Chespi le llevaron comida a la calle. Dormía sobre un cartón, con una sabanita tapándole la cara, y no aceptaba el plato de nadie más. Hasta que en un fin de año se acercó y le dijo: "Madre, ¿no tendrá una camita para mí, donde está usted?". Hace cuatro años que vive ahí; los primeros meses solo durmió. Hoy barre, maneja la puerta y no se quiere ir. La entendí: si el mundo de afuera ya te mostró todo lo crudo que puede ser, ¿por qué alejarte del lugar donde Dios está vivo en cada gesto?
En Uruguay tenemos un Estado de bienestar que cubre la educación, la salud y el acceso a nuestras costas. Pero eso nos obliga a preguntarnos: ¿estamos todos realmente bien? No todos. ¿Y quién llega a ese resto que el Estado no alcanza? Criticar al Estado por la pobreza es una conversación de domingo de tarde, con la marca sobre la mesa del que no usó el posavasos; se limpia, y el lunes seguimos con nuestros temas. Estas mujeres, en cambio, trabajan para un jefe más importante, que las ve en lo escondido, cuando la cámara no las alcanza. Ahora que el Papa viene a Casavalle, ¿no es el momento de ponerle la lupa entre todos, católicos y no católicos? Al que piense "a mí no, yo no tengo nada que ver", le digo: en ese tendedero se está colgando algo más importante que unas sábanas. El amor con que arranca la semana cada persona que llega los lunes con Chespi: con la panza llena, limpia y con una palabra del Evangelio que le recuerde que vino para algo.
Ahora entiendo a la enfermera que nos ayudaba mientras agonizaba mi madre. Nos decía: "El día que me muera, quiero una familia como ustedes, que me cuide como la cuidaron a ella". Para mí era obvio; para ella, no. Todos nos merecemos eso. Y estas monjitas lo hacen, sin parar.