Sábado, 31 de Octubre de 2026

El club de los cien mil

ColombiaEl Tiempo, Colombia 31 de octubre de 2026

Adolfo Zableh Durán
Nadie me quita la idea de que la pandemia fue en parte un montaje para subirle los precios a todo

Adolfo Zableh Durán
Nadie me quita la idea de que la pandemia fue en parte un montaje para subirle los precios a todo. Pasó hace ya seis años y, claro, en media década todo sube, pero la escalada de precios de los últimos tiempos no es normal, nada que ver con lo que se veía antes. Y el gran problema (ya lo dije antes en otra columna) es que no solo ha subido el precio de la vivienda o de los carros, bienes que se compran muy pocas veces en la vida, sino de lo que necesitamos con alguna frecuencia, como ropa o pasajes de avión, e incluso a diario, como la comida. Y ni hablar de los servicios públicos, una renta fija a la que nadie le puede esquivar el bulto. Con lo que costaba hace un par de años volar en temporada alta, hoy se viaja un febrero cualquiera en el peor horario posible (once de la noche, cuatro de la mañana) y la tarifa no incluye el equipaje de bodega. Si hay algo que me hace sentir desactualizado es precisamente eso, el precio de las cosas. Yo puedo saber quién ganó la Serie Mundial de béisbol este año, o el nombre del influencer de moda (así no me guste su contenido), pero si me dicen que un café ya no cuesta cinco mil, sino catorce mil pesos, me vuelvo un señor de ochenta años, el más anacrónico de todos. Y es chistoso cómo vamos corriendo los estándares. Que algo está caro es una expresión que hemos oído siempre, la clave está en determinar a partir de qué cifra empieza lo caro. Tomemos un almuerzo, por ejemplo. Hace un tiempo comer bien por quince mil pesos era algo aceptable; hoy toca recorrer la ciudad con Waze para encontrar algo decente a ese precio, y no hay garantía de que lo encontremos. Entonces, hace no mucho una comida que superara los treinta mil pesos era ya considerada cara, mientras que hoy por esa cifra te ponen a comer con los perros. Y lo digo con conocimiento de causa. Uno de los últimos restaurantes que cerraron en mi barrio antes de que se metiera el covid fue la sucursal de una famosa cadena de hamburguesas. En ese momento, el combo que incluía papas y gaseosa estaba en $ 18.900, precio por el que uno recibía de lo mejor que se podía encontrar en el mercado. Hoy, ese mismo combo cuesta $ 35.000, prácticamente el doble. Y voy más lejos: hace un tiempo fui a ese mismo lugar porque estaba antojado de unas papas, y la pareja de adelante pagó exactamente $ 108.700 pesos por sus dos almuerzos. Estamos hablando de un lugar de comida rápida que no tiene meseros ni acepta reservaciones. Para mí, eso ya es caro, muy caro incluso, porque implica que uno de esos bonitos billetes color verde encendido con la cara de Carlos Lleras Restrepo en el anverso ya no alcanza para invitar a almorzar a alguien a un restaurante que está apenas por encima del promedio. Y voy más allá. Hace un par de meses salí de paseo por la sabana de Bogotá y en noventa kilómetros de recorrido no lineal me topé con cinco peajes, uno cada menos de veinte kilómetros, que sumaron un total de cien mil pesos. Nuevamente quedé boquiabierto, debatiéndome entre "me están tumbando" y "estos ya no son mis tiempos". Y eso que no he hablado de Medellín, ciudad a la que no voy hace cinco años. No solo me cuentan, sino que veo en las noticias que se volvió impagable, con cervezas de veinticinco mil pesos, postres de cuarenta mil y bandejas paisas de noventa mil, algo que para un extranjero es aceptable, pero que para los locales implica que en una sola salida familiar puede irse media quincena. Ahí sí no hay billete de cien mil que valga, que hay que pagar Lleras sobre Lleras sin descuento alguno y sin importar que el parque, uno de los sitios más concurridos y costosos de la ciudad, tenga el mismo apellido.
La escalada de precios de los últimos tiempos no es normal, nada que ver con lo que se veía antes.
EL PRECIO DE LAS COSAS
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