A un amigo
Cuando todo se pone cuesta arriba, cuando parece que anochece y la luz se va sigilosa, cuando sientes que las puertas se cierran y vas por un túnel que no tiene destino claro, eleva los ojos al cielo y considera cuál es la verdad de lo que dejas y cuál la de lo que te espera
Cuando todo se pone cuesta arriba, cuando parece que anochece y la luz se va sigilosa, cuando sientes que las puertas se cierran y vas por un túnel que no tiene destino claro, eleva los ojos al cielo y considera cuál es la verdad de lo que dejas y cuál la de lo que te espera.
Has llevado una vida plena, sembrado amor y formado una familia. Hay personitas en este mundo que existen gracias a ti. Has querido, te has sacrificado, has soñado. Dios te ha llenado de bendiciones, desde las más materiales hasta las más espirituales. Te sobran los amigos y la gente que, a su vez, te quiere y te agradece. Alcanzaste lo alto de tu carrera y, aunque todavía parecía quedar mucho, lo realizado no te ha dejado al debe, sino al contrario. Puedes mirarte y estar satisfecho. Que hubo sufrimiento, claro, ¿y quién no sufre en esta vida? Pero amar y ser amado es el regalo más grande que se puede recibir.
Y a eso vas. A amar y a ser amado. Pero ya no por algunas décadas, sino para siempre. Para siempre, para siempre, para siempre... En un gozo total, infinito, donde ya no habrá lágrimas ni dolores sino pura felicidad. Tal vez lo único que pueda inquietarte un poquito es cuánto se demoren en llegar allí mismo los que tú amas. Pero, mientras tanto, velarás por ellos y será una espera dichosa.
Solo ten fe. Ten fe en ese Dios-hombre que vino a este mundo para que las puertas del cielo se volvieran a abrir. Para ti, para mí, para todos. Y es ese mismo Dios-hombre quien te ha preparado una habitación en Su morada eterna.